viernes, 14 de febrero de 2014

El Cabo del Coral (Sulawesi)

Para iral primer relato de la serie, pinche aquí.

Tal y como contaba en “Fuerza Roja y Vampiros Negros”, a la mañana siguiente salimos con Hasanudin Didin, el hijo de los dueños del losmen, para ver las misteriosas esculturas megalíticas del valle Bada, en el centro de la isla de Sulawesi, conocida en español como Célebes.
En todo el Parque Nacional de Lore Lindu se habían localizado hasta el momento más de cien piezas talladas, con una altura de entre diez centímetros y más de cuatro metros. No se conocía nada de las estatuas, más allá de lo que se podía observar a simple vista. Hoy en día sigue sin saberse a qué cultura corresponden, cuándo se tallaron o cuál era el objetivo de sus constructores, aunque todos los expertos coinciden en que deben de haber tenido alguna relación con un culto religioso. Las fechas que se han propuesto para su creación se extienden desde tres mil años antes de la nuestra era hasta el siglo XIV.

De todos los megalitos conocidos en aquel momento, solo una docena tenían forma humana; los demás se repartían entre figuras animales, losas con inscripciones geométricas, y otros objetos. También se encontraban jarras de piedra similares a las de la Llanura de las Jarras, en el norte de Indochina, de la que algún día escribiré.

Pese a esta coincidencia con la Llanura de las Jarras, que en un primer momento llevó a los arqueólogos a asociar ambas culturas, en Indochina no se han encontrado figuras humanas como las del Valle Bada. Además, por ahora en el Valle Bada no han aparecido herramientas, cerámica, enterramientos ni ningún otro resto asociado con estas figuras. Por eso, en la actualidad se sigue sin saber nada de la cultura que las elaboró, aunque después de unas investigaciones financiadas por The Nature Conservancy Group el número de esculturas catalogadas ha alcanzado las cuatrocientas. Son, en todos los sentidos, mucho más misteriosas que los moai de la Isla de Pascua. Y también mucho más difíciles de visitar.
Las figuras humanas, las más interesantes para mí, no seguían ninguna pauta, ni en su tamaño, ni en su ubicación, ni en su estado de conservación. Había una de no más de un metro de alto, en perfecto estado de conservación, en el centro de un cruce de caminos de la aldea de Gintu, capital del valle. Otras, mucho más grandes, estaban perdidas en mitad del monte, algo ladeadas y formando un grupo. Alguna se había caído por la erosión del río, y allí seguía, boca abajo y semisumergida. E incluso otra se erguía en mitad de un campo de arroz, escrupulosamente respetada durante las faenas agrícolas.

En lo que sí que coincidían la mayoría de ellas era en el estilo. Monolíticas, sin brazos ni piernas, los rasgos de la cara marcados con una sola línea continua, los ojos muy abiertos, la cabeza desproporcionadamente grande, eran poco más que menhires tallados en granito. El estado de conservación, en general, era bastante bueno, a lo que podía haber contribuido tanto la sencillez de su ejecución como el respeto que seguía mostrándoles la población local.

Hasanudin resultó ser un guía magnífico. Además de tener un nivel de inglés muy aceptable, se conocía al dedillo los senderos que llevaban de una estatua a otra, así como los nombres que les había asignado la tradición, y algunas de las leyendas asociadas. Se creía que eran antiguos delincuentes trasformados en piedra como castigo a sus crímenes (por ejemplo, malversación de fondos públicos). Un castigo mucho más eficaz y ejemplarizante que los que estamos viendo en nuestro país, y sin posibilidad de que te indulten tus amigos del gobierno.
Después de ocho horas andando por senderos, atravesando puentes colgantes de cuerdas, y hasta cruzando un río en una balsa artesanal de caña de bambú, regresamos al losmen con la retina saturada por las impresionantes imágenes que habíamos ido viendo surgir, inesperadas, a lo largo de nuestro recorrido. Habían valido la pena todas las penalidades por las que habíamos pasado para llegar hasta aquel valle perdido.

Una vez vistos los megalitos más cercanos, nos faltaba tomar una decisión importante: ¿Cómo volvíamos a la civilización? Descartamos la vuelta a través del lago Poso y luego por tierra hacia Rantepao y Ujung Pandang, por la intensa actividad guerrillera que se mantenía en la zona. En su lugar, optamos por dar un salto hacia lo desconocido y seguir viajando hacia el norte de Sulawesi, en busca de algún aeropuerto que nos permitiera volar a Ujung Pandang, o incluso directamente a Bali.
El aeropuerto más cercano hacia el norte, Poso, había quedado inutilizado en los conflictos de las últimas semanas, y el siguiente estaba en Palu, doscientos kilómetros más lejos. Para llegar a Palu teníamos dos alternativas. La que en principio parecía más atractiva era dirigirnos directamente hacia el norte desde el Valle Bada. Al cabo de dos o tres días a caballo llegaríamos a una pista asfaltada, donde era probable que hubiera transporte público para seguir viaje. Esta opción nos habría permitido conocer zonas del parque nacional habitualmente poco accesibles a los visitantes, a cambio de tener que dormir al raso o en cabañas indígenas, acarrear agua y provisiones, y contratar guías y caballos, como en una auténtica expedición.

Por desgracia, Hasanudin nos desaconsejó vivamente esa ruta. Aunque él habría sido nuestro guía en el viaje, y se hubiera ganado un buen sueldo acompañándonos, el camino atravesaba una zona de hostilidades en la que había habido combates muy recientemente. No nos quedaba entonces más remedio que subirnos de nuevo al Land Cruiser y regresar a Tentena por el mismo camino que a la venida. Y además sin perder el tiempo, porque se avecinaban tormentas que habrían vuelto impracticable esa vía. Nos arriesgábamos a quedarnos varados en Gintu un tiempo indefinido, sin contar con la posibilidad de que los conflictos, que hasta entonces habían respetado el valle, nos acabaran alcanzando.
Así que al día siguiente, y con gran dolor de corazón, abandonamos el Valle Bada, un remanso de paz en medio de una provincia desgarrada por la violencia. La estancia había sido muy breve, pero intensa.

El camino estaba ahora bastante más embarrado, por lo que tardamos casi ocho horas en llegar de vuelta a Tentena. Esa misma tarde reservamos billetes para el primer autobús que saliera para Poso, dos días después. El día que nos quedó libre en Tentena lo aprovechamos para hacer una excursión, primero en bemo y luego andando, hasta las cataratas de Salopa. No eran muy altas ni demasiado caudalosas, pero formaban diez escalones, en cada uno de los cuales había una piscina natural apta para bañarse, en un entorno selvático encantador. Y el tramo final del camino, el que hicimos andando, discurría entre plantaciones de árboles del clavo, cubiertos de hojas rojas. El único problema eran las sanguijuelas, del tamaño de un palillo de dientes, que esperaban oscilando en hojas y ramas para pegarse al primer animal de sangre caliente que pasar. Si no te las quitabas a tiempo, empezaban a hincharse de sangre hasta alcanzar el grosor de un dedo meñique.
También fuimos a ver las trampas fijas para anguilas instaladas en el punto en que el río Poso nace del lago del mismo nombre. Y por supuesto, las probamos guisadas en uno de los merenderos situados junto al río.

Al día siguiente, el recorrido de Tentena a Poso duró casi tres horas para recorrer unos sesenta kilómetros, por una carretera que iba siguiendo el fondo del valle del río Poso. El recorrido habría sido bonito, por los meandros del río y las selvas y montañas que íbamos dejando a los lados, sino hubiera estado festoneado de aldeas destruidas por el fuego. La llegada a Poso fue terrible, parecía que los desastres de la guerra se notaban más en una ciudad que en las aldeas recorridas hasta entonces. Muchos edificios incendiados, restos de barricadas, controles militares, y todo el pasaje del autobús en un impresionante silencio, apenas roto unos instantes por los lloros de algún niño.
En los sucesivos controles que íbamos pasando para adentrarnos en la ciudad, los militares miraban nuestros pasaportes como si no hubieran visto otro en su vida. Los ojeaban una y otra vez, leían nuestros datos personales y los visados y sellos de viajes anteriores, como si estuvieran buscando a un peligroso delincuente. Y nos dejaban pasar, siempre encañonando el autobús con sus AK47 o las ametralladoras de media pulgada montadas sobre sacos terreros.

Por fin conseguimos llegar a lo que quedaba de la estación de autobuses. Por suerte, en pocos minutos salía otro autobús para Palu, por lo que no tuvimos que esperar mucho tiempo en aquel ambiente sobrecogedor.
El nuevo autobús efectivamente salió en un cuarto de hora, alejándonos por fin de la zona de conflicto. El autobús iba atestado, lleno de familias enteras que se largaban de Poso en busca de refugio en alguna zona más alejada de los conflictos. Esta vez, ni kelilin kelilin, ni música, ni nada que aliviara la profunda congoja que sentíamos. El viaje hasta Palu, de poco más de doscientos kilómetros, duró otras ocho horas. Por suerte, la carretera estaba en razonable buen estado, salvo en el tramo que cruzaba en transversal el brazo norte de la isla, de costa a costa y a través de una cordillera abrupta, con curvas vertiginosas y vistas espectaculares. Pero para vistas estábamos….

Palu, a donde llegamos ya atardeciendo, era una ciudad relativamente grande, llena de tráfico, de ruido y de hoteles de negocios. Nos metimos en uno cualquiera, a descansar de la paliza del autobús y a pensar qué hacíamos a partir de ese momento. Eso sí, ni rastro de combates. Esta zona de mayoría musulmana estaba suficientemente alejada de la línea de conflicto.
Al día siguiente fuimos a buscar billetes de avión para llegar a Ujung Padang o a Ubud, pero no había nada para los próximos días. Sin saber muy bien qué hacer, porque Palu no daba para mucho, recordé un comentario que había leído sobre una zona de buceo no muy lejana. Palu estaba ubicada al fondo de un largo brazo de mar, el Estrecho de Makassar, y Tanjung Karang, el cabo del Coral, estaba en la misma entrada del estrecho, a solo treinta kilómetros.

Volvimos al hotel a recoger las mochilas, y nos subimos a un bemo colectivo, lleno de gente.
·         ¿Este bemo va hacia la estación de autobuses?
·         Si, suban. ¿A dónde quieren ir en autobús?
·         A Tanjung Karang.
·         Si quieren les llevamos, es mucho más cómodo que el autobús, que solo llega hasta Donggala, y además solo hay un autobús al día y hoy ya ha salido.

Por supuesto, no nos creímos del todo la información sobre los horarios de autobuses, pero después de todo lo que habíamos pasado nos apetecía un poco de comodidad. Tras un breve regateo, acordamos que por unas dos mil pesetas de las de entonces nos llevarían directamente hasta el cabo del Coral. La mayoría de los viajeros se apearon, resignados a buscarse otro bemo con tal de no estropear el magnífico negocio que acababa de hacer el conductor. Todos, menos dos chiquillos de uniforme y con la cartera escolar debajo del brazo, que se quedaron sentados en su banco, muy serios. Cuando les pregunté, me dijeron que se venían con nosotros a la playa, y que no, que ese día no había clases, que era festivo. Y digo yo: ¿A dónde irían un día festivo, de uniforme y con la cartera? Mejor no preguntar mucho, pero me imagino que aquella excursión con dos guiris les dio para contar toda la semana a sus compañeros de clase.
Una horita de viaje, charlando con el cobrador y analizando las ventajas e inconvenientes de irse a Europa con el bemo y venderlo allí. Entre las preguntas de rigor, surgió una acerca de nuestros hijos. Recordando el incidente de las sanguijuelas (véase “Temporada de tomate”), les dije muy serio que tenía cuatro hijos, dos niños y dos niñas.

·         Empat anak anak? Dari Spanyol belun Familiy Planning? (¿Cuatro niños? ¿En España todavía no tienen Planificación Familiar?)
A partir de esa ocasión, siempre que me han preguntado, y han sido muchas veces, he declarado que tenía dos hijos, un niño y una niña. Y para no confundirme en los detalles, “adopté” los datos de Rocío y Alejandro, hijos de unos amigos míos. Desde entonces, el número de hijos ha dejado de ser un problema.

Por fin llegamos a Tanjung Karang, para gran alegría de los escolares, que se fueron directamente a dar un chapuzón en la playa. Había dos posibilidades de alojamiento, ambas a pie de playa y una al lado de la otra: Prince John Dive Resort, y Natural Cottages. A la vista de los nombres nos dirigimos a los Cottages, pensando que serían más baratos que el Resort. Todo un acierto. El complejo estaba formado por una docena de bungalós de bambú, construidos sobre pilares en la misma playa, con una veranda y un dormitorio con mosquitero, todo muy aireado. De hecho, las ventanas del dormitorio eran meros cortes en la pared de bambú, sin cortinas, cristales ni contraventanas. Detrás de cada bungaló había un cobertizo de cemento que albergaba el mandi, el sistema sanitario típico de Indonesia. Cada bungaló para dos personas, con pensión completa, venía a salir por ochenta mil rupias al día, unas cuatro mil pesetas.
Otro edificio mayor lo ocupaba la cocina, y el tercer edificio era un pabellón abierto por los cuatro costados, que se usaba como bar, salón de estar y comedor. En segunda fila estaban los bungalós de los empleados.

El alma del establecimiento era Ron, un australiano de cierta edad afincado en Indonesia desde hacía años. Vivía en el mismo complejo, y cuando no estaba haciendo alguna gestión en la capital se dedicaba a bucear y a alternar con los pocos huéspedes que solía tener. Gamberro y divertido como buen australiano, lo mismo traía a un  guitarrista de la aldea cercana para animar la cena, que nos iba colocando por turno en la cabeza la funda de ganchillo de la caja de kleenex, para que así ataviados contáramos un chiste. Años después, cuando los atentados terroristas de Lashkar Jihad en Bali, le traspasó el negocio a su encargado y se volvió a Australia.
Otra joya del hotel era Ruslan, uno de los camareros. Vestido siempre con un sarong barato, una camiseta olvidada por algún guiri, y una flor fresca detrás de la oreja, era el culmen de la amabilidad. Cada noche, cuando se retiraba a descansar después de recoger la mesa, al pasar por delante de nuestro bungaló nos dedicaba un sonriente Tidur manis!, dulces sueños. Su paso cada mañana, ondulante, lento y armonioso, cargado con una bandeja de fruta para el desayuno y una sonrisa de oreja a oreja, te daba la tónica del lugar.

La jornada en los Cottages era bastante estándar. Nos levantábamos a las seis de la mañana,  con el sol, y cuando sonaba el gong nos acercábamos al comedor para desayunar. Luego, en función de la marea, había varias opciones, que se iban alternando a lo largo del día. Podíamos simplemente bañarnos en la playa que recorría todo el complejo, de una arena blanca deslumbrante formada por coral triturado por las olas, sestear o leer en la veranda, o caminar unos metros por la orilla hasta llegar a la altura del Resort cercano. Allí había un arrecife de coral como no he visto en mi vida. Estaba a tan poca profundidad que no hacía falta bucear. Bastaba con enfundarte una camiseta vieja para no quemarte la espalda, y colocarte las gafas y el tubo de bucear que te prestaba Ron. Te tumbabas boca abajo en el agua, y el mismo viento y la corriente te iban deslizando sobre el arrecife, a solo uno o dos metros de profundidad. Por delante de tus gafas pasaban miles de peces de todos los colores, corales de infinitas variedades, gorgonias, cangrejos, caballitos de mar, y toda clase de seres vivos. A veces tenías la suerte de ver pasar a una enorme manta raya, un poco más lejos.
Cuando te entraba calor o querías cambiar de perspectiva, te acercabas a borde exterior del arrecife y te sumergías unos metros siguiendo el cantil, hasta encontrar aguas más frescas y oscuras, en las que cambiaba tanto la fauna como la flora. Nos aseguraron que en aquella zona no había tiburones, o sea que podíamos bucear horas y horas sin más peligro que una insolación.

En cambio, paseando por la zona menos profunda de la playa, nos tropezamos un atardecer con una serpiente de coral, uno de los animales más venenosos que existen en la naturaleza. Por suerte, salió huyendo en dirección opuesta a nosotros y me imagino que igual de asustada.
Cuando se acercaba la hora de comer íbamos a nuestro bungaló a quitarnos la sal, echándonos encima unos cubos de agua del mandi, y nos sentábamos en la veranda a leer o a mirar el mar hasta que aparecía Ron anunciando “Beer time!”. En ese momento todos los huéspedes nos dirigíamos al comedor, donde la casa nos invitaba a algún aperitivo tipo láminas de plátano fritas, y nosotros apuntábamos en el cuaderno de registro las cervezas que sacábamos del arcón frigorífico. La vergüenza vino el día que nos fuimos. Al ir a pagar la cuenta, Ron sacó el libro registro y contó todos los palitos que aparecían junto al número de nuestro bungaló, momento en el que nos dimos cuenta de la cantidad de cervezas que nos habíamos bebido en cuatro días.

No puedo dejar de mencionar la llegada de los españoles. Una de esas tardes de molicie, vimos que entraba un bemo en el recinto, del que se bajaron dos parejas de españoles. Rápidamente nos levantamos de nuestras tumbonas y nos acercamos y nos identificamos como paisanos. Besos y abrazos como si nos conociéramos de toda la vida. Llevábamos tres semanas sin oír hablar en español. Por cierto, al ver nuestros efusivos saludos, Ron se imaginó que éramos amigos íntimos, y que habíamos quedado en encontrarnos en su Natural Cottages. Cuando le explicamos que no nos conocíamos de nada, y que era la primera vez en la vida que nos veíamos, se quedó muy sorprendido de lo cariñosos que éramos los españoles. Ya instalados, los recién llegados nos contaron que habían seguido una ruta muy parecida a la nuestra, pero que del valle Bada habían salido a caballo, por la ruta del norte. No habían tenido problemas con la guerrilla, aunque nos confirmaron que era una ruta muy dura, muy larga, con alojamientos muy precarios y sin agua potable. En resumen, que habíamos acertado al volver por Tentena.
Una de las mañanas nos acercamos andando al mercado de Donggala, la aldea más próxima. Ya antes de salir, le advertimos a una de las madrileñas que, con sus larguísimas piernas y cortísimos pantaloncitos no iba vestida muy apropiadamente para una pequeña aldea musulmana. Creo que consideró nuestros consejos como cosa propia de nuestra edad, algo mayor que la suya, y no nos hizo ni caso. Al cabo de unos minutos en el mercado, nos confesó que no sabía dónde meterse, que estaba bastante arrepentida de no habernos hecho caso, y que los hombres no quitaban los ojos de sus piernas. Menos mal que el problema se solucionó en cuanto se compró un sarong y se lo enrolló a la cintura.

Después de cuatro días de relax y placer en el cabo del Coral, llegó el momento de iniciar el regreso a España, volando desde Palu hasta Bali con escala en Ujung Pandang. No voy a describir el par de días de compras en Bali, que ya aparecen en los dos episodios titulados “La isla del paraíso terrenal”.

Para ir poniendo fin a esta serie de mini relatos sobre el archipiélago indonesio, ya solo me queda contar los orígenes de mi pasión por Indonesia, su cultura y sus gentes.

2 comentarios:

  1. Interesantísimo como siempre, Arturo, pero he echado de menos algunas fotos de las estatuas. ¿Por que no las subes para que nos hagamos una idea mejor de lo que describes con tanto misterio?
    Ya estoy deseando saber de donde procede tu curiosidad por la cultura indonesia.

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  2. De acuerdo, subiré algunas fotos a una nueva entrada referida a todos los "relatos indonesios".
    Tardaré un poco porque las estoy escaneando de mis álbumes, la mayoría son de la era analógica.

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