miércoles, 15 de julio de 2015

Las chanclas de Buda

 
Si quieres leer el primer relato de esta serie, pincha aquí.

Como contaba en “Los jardines enmarcados”, a la vuelta de Matsushima nos fuimos a cenar a la estación de Sendai. Otra cosa curiosa de los restaurantes japoneses es la tremenda especialización de muchos de ellos. No es como en España, donde primero eliges el restaurante y luego decides qué tomas. En Japón, si quedas a cenar con un grupo de amigos, lo primero es decidir el menú, para luego buscar un restaurante apropiado. En los locales de las marmotas sólo había fideos, en los sushi bar sólo había sushi, y así hasta extremos grotescos. Había restaurantes de marisco, de pescado, de buey de Kobe, de casi todo lo que se te pudiera imaginar, que ofrecían un solo producto. Y para acabarlo de arreglar solían agruparse por calles.

 En la zona comercial de la estación encontramos una galería en la que todos los restaurantes ofrecían única y exclusivamente lengua de ternera. Eso sí, preparada de mil y una maneras diferentes. Y otra zona especializada en curry, kari le llamaban allí, en la que prácticamente todos los locales te servían unos platos perfectamente divididos por el centro. La mitad de la derecha la ocupaba arroz y la otra mitad un curry rojo, amarillo o verde, con carne y verduras empapadas en la salsa ligeramente picante.

 La primera noche probamos la lengua y la segunda el curry.

 Al día siguiente, vuelta al tren, esta vez para visitar Yamadera, que significa “el templo de la montaña”. En una horita nos plantamos en este pueblecito, y como empezaba a arreciar el calor renunciamos a las indulgencias que se deben de conseguir subiendo a pie los más de mil escalones que llevan hasta el templo. Además, no estábamos muy seguros de si la iglesia católica nos convalidaría los méritos budistas, así que nos metimos en un ferrocarril de cremallera que nos llevó hasta la cima de la montaña, donde se elevaba el complejo de templos. Vistas espectaculares y muchísimas ofrendas a Jizo, de las que ya escribí en jardines enmarcados, que convivían con tablones votivos, nudos de papel y toda esa parafernalia.

 Volvimos a Sendai a mediodía y nos lanzamos por los callejones secundarios del centro de la ciudad, en busca de algún local en el que comieran los empleados de los comercios y oficinas de la zona. A pie de calle nos encontramos un cartelón de madera totalmente escrito en japonés, pero con unas fotos muy claras de bandejas de distintos tipo de sushi. Nos metimos en el ascensor (el restaurante era en el sexto piso), y al llegar nos recibió la encargada, o mama san, con una sonrisa radiante.

Éramos los únicos guiris en el local, efectivamente lleno de vendedores y oficinistas, y nos sentaron en el sitio de honor, en la barra, justo enfrente del cocinero, que se esmeraba limpiando, secando y cortando el pescado crudo y otros ingredientes, para preparar maki, nigiri y muchos otros tipos de sushi. Después de agotar nuestros conocimientos del idioma saludando y pidiendo dos cervezas, cuando nos trajeron la carta, escrita a mano en perfecto japonés sobre un folio metido en un plástico transparente, llegó el momento fatídico del gomen nasai, wakari masen, lo siento, no entiendo nada.

 Pero la mama san no se inmutó. Con otra sonrisa, nos indicó que esperáramos tranquilos, y le dio una orden a uno de los camareros, que se marchó corriendo del local. A los pocos minutos, mientras iba creciendo la expectación de los demás clientes, volvió acarreando el anuncio de la calle, el sándwich de las fotos, que medía metro y medio de alto por un metro de ancho. Entre la vergüenza y la risa pudimos señalar con el dedo lo que queríamos comer, y el cocinero se puso inmediatamente a prepararlo. No soy capaz de describir la cara de satisfacción de la mama san, que miraba a clientes y camareros como diciendo “lo veis, hasta a unos guiris soy capaz de dejar satisfechos”. Tengo que reconocer que fue el mejor sushi que he comido en mi vida, y que salimos de allí en medio de un interminable intercambio de reverencias con la encargada.

 Pasamos la tarde recorriendo el centro de esta grande y poco turística ciudad, en una de cuyas galerías comerciales nos encontramos con 4 cantantes de ópera, vestidas con trajes de noche rojo chillón, que interpretaban los fragmentos más conocidos de varias óperas europeas. Una muy original manera de anunciar la función que tendría lugar esa misma noche en el teatro municipal.

 

Dispuestos a exprimir hasta el último momento nuestros Japan Rail Pass, todavía hicimos otra excursión desde Sendai para visitar los templos de Shiogama e Hiraizumi, pero me siento incapaz de describir un templo más, por muy antiguo, bonito e interesante que sea. Quizás lo más destacable fuera un paseo de una hora entre dos de los templos de Hiraizumi, por un sendero cuidadísimo a través del bosque, entre arces que ya empezaban a teñir sus hojas de rojo. Muy sorprendente fue que en ese paseo una japonesa nos preguntara el camino en japonés, y más sorprendente todavía que entendiera nuestras escuetísimas explicaciones (todo seguido, a dos kilómetros).

 Todo lo bueno se acaba, y ya se empezaba a ver el final de nuestra estancia en Japón, o sea que llegó el momento volvernos de nuevo a Tokio, aunque por el camino aprovechamos para pasar unas horas en Nikko, una de las ciudades más antiguas de Japón, y en concreto en el templo deToshosgu, donde está enterrado el shôgun Tokugawa Ieyasu, del mismo clan que ocupaba el castillo de Himeji.

Llegamos a Tokio al atardecer, nos alojamos en nuestro ya conocido Asakusa Toyoko Inn, y aprovechamos el día siguiente para apurar hasta el fin los Japan Rail Pass y visitar Kamakura, donde por nos encontramos el templo más hortera de Japón. El principal atractivo de este templo es una estatua gigante de Buda, Daibutsu, la segunda más grande del mundo. Y no me preguntéis dónde está la más grande, no tengo ni idea. Impresiona más por estar al aire libre, lo que permite apreciar mejor sus dimensiones. El punto hortera se lo daba la posibilidad de penetrar en el interior de la estatua pagando una modestísima entrada. No tenía absolutamente ningún interés, salvo el de poder decir que has estado dentro.

 El segundo atractivo del templo era la posibilidad de contemplar y fotografiar las chanclas de Buda. No estoy de broma. En un pabellón cercano al Daibutsu se exhibían unas sandalias de paja de arroz, con un aspecto entre chancla y alpargata, de unos dos metros de largo. Se suponía que pertenecían a la estatua, y cada año las fabricaban de nuevo, para que se conservasen siempre en perfecto estado.

 La mejor parte de la excursión fue que, durante un paseo por el pueblo de Kamakura, nos metimos en una tienda, lo que en Ferrol llamarían un chambón, mezcla de ropavejero y anticuario, donde compramos un precioso rollo pintado muy simplemente con unos kanji trazados a mano, en no muy buen estado y sin su caja original, lo que a parecer le hacía perder mucho valor. Hoy luce precioso en una pared de nuestra casita de Roche.

 Y con esta excursión se acabó el plazo de validez de nuestros Japan Rail Pass, y nos vimos confinados a Tokio. Aprovechamos los dos últimos días para hacer todas las compras imprescindibles, desde yukatas hasta diversos productos alimenticios entonces imposibles de conseguir en Cádiz. Pero lo que más nos gustó fue explorar una zona de nuestro barrio de Asakusa que aún no habíamos pisado, y que se dedicaba casi exclusivamente a la venta de artículos de hostelería. Desde utensilios de cocina hasta uniformes de cocinero, desde cartas o ceniceros de restaurante hasta un completísimo muestrario de la comida de plástico de la que hablaba en En busca de la marmota. Sin olvidar una calle íntegramente dedicada a la cuchillería. No menos de veinte comercios especializados se alineaban a ambos lados, y no pude dejar de comprarme un buen cuchillo de pescado, que todavía conservo y engraso cuidadosamente cada vez que lo uso para preparar sushi.

 Cargados con una docena de carretes de fotos (fue nuestro último viaje con una cámara analógica), un montón de regalos, y sobre todo unos recuerdos inolvidables, nos volvimos para España, en otro viaje interminable de muchas horas y varias escalas.

 Y con esto he cumplido mi promesa de contar el viaje que eligierais. No se me olvida que os debo la ruta de la seda, pero creo que también tengo derecho a un descanso y a dedicar unos días a preparar mi muy próximo viaje a Brasil. Incluso es posible que cuando leáis esto esté en mi querido Salvador de Bahía de Todos los Santos, cuna de Jorge Amado y capital mundial del candomblé.

 Pero eso, quizás, será otra historia.

1 comentario:

  1. Magníficos, como siempre, tus 8 relatos sobre vuestro viaje a Japón, Arturo. Ya me preparo para deleitarme con la ruta de la seda. Esperaré lo que haga falta.
    Buen viaje a Brasil.

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