viernes, 10 de julio de 2015

Los jardines enmarcados


Si quieres leer el primer relato de esta serie, pincha aquí.

 En Matsue nos alojamos en el Eki-mae Toyoko Inn, de la misma cadena que el hotel de Tokio, e idéntico en todo, salvo en que no había cruasanes para desayunar.

Al día siguiente, dispuestos a sacarle todo el partido posible a los Japan Rail Pass para dos semanas que habíamos comprado, nos subimos a otro tren para acercarnos a Yasugi, un pueblecito cercano. Queríamos conocer el museo de arte Adachi, en el que había un jardín que durante los últimos doce años se había llevado el premio al mejor jardín moderno, otorgado por una prestigiosa revista japonesa de jardinería. Si los jardines digamos normales que habíamos visitado hasta ahora nos habían impresionado, estábamos deseando conocer el mejor de Japón (y supongo que del mundo).

 En poco más de veinte minutos de tren nos plantamos en Arashima, y desde allí echamos a andar los siete kilómetros que había hasta el museo. Era temprano, no hacía demasiado calor, y nos apetecía pasear un rato por entre los arrozales y las viviendas unifamiliares. Y por qué no decirlo, ahorrarnos el importe de un taxi. Cuando llegamos al museo nos enteramos de que desde la estación había autobuses gratuitos…

 El museo albergaba una buena colección de arte moderno, especialmente obras de Yokoyama Taikan, en un edificio muy bien diseñado, pero lo verdaderamente espectacular era el jardín. Hasta tal punto, que las ventanas que miraban hacia él, perfectamente enmarcadas, formaban parte del proyecto museístico. El fundador del museo, Adachi Zenko, se dedicó a la jardinería hasta su muerte a los 91 años, y los seis jardines ocupaban en total más de 150.000 metros cuadrados.

 La vista desde las ventanas cambiaba con el ángulo de visión, con la hora del día, con la época del año. Pero según todos los testimonios siempre era perfecta. Para no distraer a los visitantes, las zonas del jardín visibles desde el interior del museo estaban cerradas al público, y los jardineros trabajaban en ellas fuera del horario de apertura.



En las zonas visitables los jardineros desarrollaban su trabajo con la delicadeza, parsimonia y perfeccionismo que ya habíamos observado en Kyoto: Pinzas, palillos, tijeritas… Nada de segadoras mecánicas ni rotocultores. Pasamos una mañana deliciosa.

De vuelta en Matsue, donde no había gran cosa que ver, nos acercamos por una fiesta de barrio, una especie de verbena. En una placita del centro se iban instalando chiringuitos de venta de artesanía (muy muy casera, casi pordría llamarse manualidades) y de comida tipo barbacoa. Sobre un escenario mínimo, un par de modernos, vestido uno como un golfista inglés y otro con un yukata, cantaban baladas roqueras acompañados por sendas guitarras acústicas.

Nuestra llegada, y sobre todo que nos instaláramos en un banco frente a uno de los chiringuitos a tomar una salchichas y beber un par de cervezas, causó tanto revuelo que no tardó en aparecer una pareja de periodistas jovencitos que nos hicieron una entrevista para una revista local. A parte de las consabidas preguntas: ¿De dónde venís? ¿Cuánto tiempo lleváis en Japón? ¿Os gusta Matsue?, lo que más les interesaba era saber por qué habíamos decidido quedarnos en Matsue, ciudad muy poco habituada a recibir turistas. La verdad es que no supe que responderles; me imagino que paramos allí porque los horarios de los trenes lo aconsejaban, pero no me pareció una respuesta demasiado correcta. Ante su insistencia, como buen gallego acabé devolviéndoles la pregunta: Why not?, ¿por qué no?

Al día siguiente, y como la verdad es que los periodistas tenían razón y Matsue no ofrecía grandes atractivos, nos embarcamos en un largo viaje en tren con varios trasbordos, hasta llegar muchas horas después a Kanazawa, donde nos alojamos de nuevo en un hotel de la cadena Toyoko Inn.

Al salir de la estación atravesamos dos construcciones que combinaban los aspectos más característicos de la ciudad: respeto a la tradición, amor al arte, pasión por la innovación: El arco Tsuzumi-mon, una gran estructura de madera que evocaba las formas de los tambores tradicionales, y la cúpula Motenashi, “bienvenida” en japonés, una enorme semiesfera de cristal que albergaba un buen centro de información turísitica. Allí fue en donde, al intentar conseguir mapas para hacer una excursión andando por los llamados Alpes Japoneses, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado de ciudad. A donde en realidad queríamos haber ido era a Takayama, en el interior de la isla, y a más de tres horas de tren de Kanazawa. Ya sé que los nombres de las dos ciudades no se parecen en nada, pero en la época en que reservamos los hoteles estábamos tan agotados de batallar con las páginas web en japonés que nos equivocamos. Y aquí estábamos en Kanazawa, sin saber muy bien que hacer en los más de dos días que íbamos a pasar allí.

Con nuestros folletos y plano de la ciudad en mano, a la mañana siguiente nos dirigimos al parque de Kenrokuen, que se consideraba uno de los tres parques mejor cuidados de Japón, siguiendo su manía de clasificarlo todo (los otros dos eran el Ritsurin Koen en Takamatsu y el Kairakuen en Mito, que no llegamos a visitar). Antes de llegar al parque tuvimos la suerte de encontrarnos a una pareja de novios ataviados con ropas tradicionales, creo que en el típico recorrido con fotógrafo y camarógrafo para hacerse los correspondientes álbum y video. El barrio en el que posaban era muy apropiado para la ocasión, muy bien conservado y con varias casas de geishas y samurái.

El parque de Kenrokuen, de más de once hectáreas de extensión, tiene origen feudal. Fue fundado y cuidado durante siglos por los dirigentes del clan Kaga (como suena), que gobernaba las provincias de Ishikawa y Toyama. Bueno, supongo que del grueso de los cuidados se ocuparían sus siervos. En el centro del parque, sembrado de pabellones y colinas, había un gran estanque llamado Kasumigaike, con su isla en el centro, su manantial y sus patos, ideal para pasear y tratar de olvidarse durante un rato del calor asfixiante que nos envolvía. En los folletos leímos lo bonito que era aquello en invierno, con los árboles cubiertos de nieve, en primavera con la floración de los cerezos y ciruelos, y en otoño con las hojas coloreadas de rojo o amarillo. Del verano no hablaban. No voy a insistir en lo cuidado que estaba el parque ni en la meticulosidad de los jardineros, que ya he descrito en otros capítulos.

Visitamos algunos de los edificios construidos dentro del parque para mayor placer de los señores feudales, como Seison Kaku, la villa en que se alojaba a finales del XIX la madre del líder del clan, y que está perfectamente conservada, amueblada y decorada. Eso sí, ni una sola pared de piedra o ladrillo. Todas las habitaciones se cerraban por paneles deslizantes de madera, bambú o papel, con lo que me imagino el frío que debía de hacer cuando el parque se cubría de nieve.

Pasamos otro día dando vueltas por Kanazawa, hasta que por fin nos subimos de nuevo al tren con rumbo a Sendai. Podíamos haber llegado en tres o cuatro horas siguiendo un recorrido casi directo, con un solo transbordo, pero como teníamos tarifa plana en el tren, preferimos seguir por la costa oeste lo más hacia el norte que pudimos, para luego cruzar las montañas centrales y llegar al Pacífico por Fukushima, donde todavía no había tenido lugar el terrible escape nuclear.

Al día siguiente de llegar a Sendai, de nuevo al tren. No hay nada más jartible que un gallego con tarifa plana. Queríamos pasar el día en Matsushima, la bahía de los pinos, donde habíamos leído que había unos paisajes preciosos, y que el pueblo era muy tranquilo. Lo de los paisajes era cierto, pero lo de tranquilo… Tuvimos la suerte o la desgracia de llegar en plenas fiestas locales, lo que en Andalucía llamaríamos la feria de Mastushima. Ya en la estación nos sorprendió que hubieran instalado largas vallas de control de multitudes, supongo que para encauzar a los miles de personas que querrían salir del pueblo cuando terminara el espectáculo de fuegos artificiales, punto fuerte de los festejos. Váteres portátiles, ambulancias, gran despliegue de policía y otros detalles similares nos convencieron de que lo mejor era visitar el pueblo y disfrutar de la feria, pero no quedarnos a ver los fuegos.

Empezamos por un templo dedicado a Jizo, la divinidad que protege a los fetos y a los niños muertos de pequeños. Jizo adquirió enorme importancia en el período Edo, en el que el hambre llevó a incontables episodios de aborto y de infanticidio.

Las familias afectadas por un aborto o una muerte prematura compraban estatuas de Jizo en el templo, para la que tejían gorritos, toquillas y mantas, habitualmente de blanco (color de luto) o de vivo color rojo. Así ataviadas, colocaban las imágenes en el patio del templo, formando filas de hasta cientos de estatuas idénticas. Al principio nos hacían gracia, hasta que nos enteramos de su significado.



Estas estatuas también se encontraban en los cementerios y al borde de las carreteras, estas últimas me imagino que dedicadas a los niños muertos en accidentes de tráfico. Según la mitología japonesa, probablemente basada en creencias previas a la llegada del budismo, se supone que las almas de los niños no pueden cruzar el río Sanzu porque con su nacimiento han hecho sufrir a sus madres, y no les ha dado tiempo de acumular buenas acciones que compensen esta especie de pecado original. Así, quedan condenadas a acarrear piedras eternamente y acumularlas en las orillas del río, salvo que Jizo los esconda bajo su manto.

Muchas familias depositan juguetes y biberones junto a las estatuas, solicitando una protección especial para sus hijos.

Todo esto y mucho más nos lo contó un voluntario que nos enseñó el templo. Con un inglés que no llegaba ni siquiera a la categoría de macarrónico, nos fue explicando cada imagen, cada biombo lacado, cada acuarela, leyendo dificultosamente un papelito escrito a mano que cuidaba como oro en paño. Nos dijo que era ejecutivo de una gran empresa, que se había jubilado recientemente, y que para devolver a la comunidad todo lo que había recibido se había puesto a estudiar inglés para poder guiar a los turistas extranjeros que llegaran al pueblo. Su problema era que debía de andar por las primeras lecciones del curso de inglés, y se nos hacía muy difícil seguir sus explicaciones. Otro problema, y no menor, era el intenso hedor a ajo que desprendía su aliento.

Cuando terminamos el recorrido, nos confesó que era su primer día de trabajo como voluntario, y que nosotros éramos sus primeros turistas. Nos estaba tan agradecido a nosotros como nosotros a él, y las reverencias mutuas se hacían interminables. Teniendo en cuenta su edad, unos setenta años, y el servicio que nos había prestado, yo pensaba que nuestras reverencias tenían que ser más profundas y duraderas que las suyas, pero el opinaba lo contrario. Al cabo de unos minutos, nos rendimos y abandonamos el templo.

Aprovechamos que todavía no hacía mucho calor ni había mucha gente para acercarnos a ver la bahía que da nombre al pueblo, y acceder al islote de Fukurajima por una pasarela peatonal.

Después de una hora paseando por el islote, en el que era difícil distinguir la vegetación natural de los jardines y los bonsái, volvimos al paseo marítimo, donde ya se habían instlalado varios cientos de personas, con sus sillas plegables y sus manteles en el suelo, para poder ver en primera fila los famosos fuegos artificiales. Como el espectáculo no comenzaba hasta muchas horas después, mataban el tiempo leyendo, escuchando música, jugando con los niños, comiendo y bebiendo.

Al ver la cantidad de gente que ya estaba cogiendo sitio, nos reafirmamos en nuestra idea de no esperar a la noche, sino volver a Sendai antes de que llegaran las multitudes. Todavía tuvimos tiempo para darnos un paseo por el real de la feria, un parque cercano al mar en el que había más de cien puestos de venta de bebidas y comidas. Los vendedores japoneses nos señalaban lo que a ellos les parecía que podía resultar más exótico a un extranjero, pero para quien ha comido percebes, pulpo, erizos y ortiguillas de mar como parte más o menos habitualde la dieta de tapeo, no nos sorprendió demasiado nada de lo que vimos. Si acaso, la cantidad, pulcritud y excelente presentación de la comida en todos los chiringuitos. Siguiendo con el paralelo con las ferias andaluzas, muchas mujeres paseaban vestidas con quimonos, en los que no era difícil reconocer las tendencias de la moda, y muy pocos hombres vestían quimono o yukata. Lo que no había era caballos.

Nos tomamos unos pulpitos muy ligeramente pasados por la parrilla, una especie de ostras crudas y unas cervezas, y nos volvimos para Sendai. A la noche nos fuimos a cenar a la estación de ferrocarril, a menos de un kilómetro de nuestro hotel.

Pero esa es otra historia.

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