viernes, 1 de enero de 2016

Tashkent

Con más de un año de retraso, me pongo por fin manos a la obra para cumplir mi segunda promesa: Contar mi viaje a lo largo de un tramo de la mítica Ruta de la Seda, poco más de tres mil kilómetros de los once o doce mil que separan Pekín de Venecia. 

Vaya por delante que, aunque los países visitados en esta ocasión son relativamente poco conocidos, este viaje no lo considero en absoluto “de aventura”; entre otras cosas porque  hice el recorrido integrado en un grupo organizado por la agencia Banoa Bidaiak, para mi gusto la mejor cuando toca salirse un poquito de las rutas más trilladas. En las dos ocasiones en que he viajado con ellos me he encontrado con unos guías de lujo. A un profundo conocimiento de los países visitados sumaban un buen dominio del idioma local, y una gran experiencia en el difícil arte de lidiar con un grupo de españoles resabiados, cada uno de su padre y de su madre, conviviendo forzosamente en unas condiciones no siempre cómodas. Vaya aquí mi agradecimiento a Manu Minguito, mi guía en Indonesia con el que años después me volví a encontrar casualmente en el mercado central de Yangon y en un templo de Madurai, y a Marc Morte, experto en las repúblicas ex soviéticas y buen escritor de viajes, que nos acompañó por la Ruta de la Seda.

Después de esta imprescindible pausa publicitaria, volvamos al viaje. Como ya decía, se trató de un viaje en grupo, cuyos componentes iré describiendo cuando proceda, pero a los que cambiaré el nombre por si estos textos llegan a sus manos. Nunca se sabe, Internet no tiene límites, y a alguno puede que no le gusten mis comentarios.

Con lo poco que me gusta viajar en un grupo organizado, en esta ocasión no nos quedaba otro remedio. No es fácil visitar por tu cuenta en cuatro semanas nada menos que cinco países, algunos de ellos con poca infraestructura turística, y cada uno con su propio idioma y sus exigencias en materias de visado. Si a esto le sumamos una rotulación en cuatro alfabetos diferentes, unas divisas que no cotizan en el mercado internacional y la dificultad de usar tarjetas de crédito, mi mujer y yo pensamos que lo más sensato era contratar los servicios de una agencia de viajes con experiencia en la zona. Y sinceramente, creo que fue una buena decisión. 

Con toda la documentación en regla, a primeros de agosto de 2008 nos presentamos en el aeropuerto de Barajas, dispuestos a embarcar en un avión de Turkish Airlines que –previa escala en Estambul- nos dejaría en Tashkent, la capital de Uzbekistán. En el mismo aeropuerto comenzaron los problemas con uno de los miembros del grupo, que se repetirían a lo largo de todo el viaje. Después de retirar las tarjetas de embarque, y de facturar el equipaje de mis compañeros (no el nuestro, que de momento era lo suficientemente escueto como para llevarlo en cabina), nos dispersamos por la terminal, con el compromiso de encontrarnos en la cola de embarque a la hora prevista. Pero cuando llegó el momento de embarcar, uno de los viajeros, al que llamaré Sostoa, bilbaíno de oficio pero en realidad natural y vecino de una capital andaluza de provincia, no aparecía. Nos dividimos en varios grupos para buscarlo, y al final lo encontramos en la barra de un bar, con unas cuantas copas de más y justo a tiempo para no quedarse en tierra. Menos mal que las líneas aéreas turcas no son tan estrictas como las norteamericanas, si no Sostoa habría acabado esposado a un radiador, como le pasó a Fernando Madina, vocalista de Reincidentes, en el aeropuerto de Miami. A la vista de lo que sucedió después, creo que habría sido mejor para todos que Sostoa hubiera perdido aquel primer vuelo. 

Después de una breve espera en el aeropuerto de Estambul, a las cuatro de la madrugada aterrizamos por fin en Tashkent. El control de pasaportes, muy riguroso, era absolutamente caótico. En Uzbekistán, como en muchos otros países, no tienen el mismo concepto de cola que en Europa. Empujones, apretujones, presuntos VIP que se saltaban directamente la cola escoltados por un policía… Por fin, una vez cotejados los datos de nuestros dieciséis pasaportes con el visado único que portaba Marc, pudimos pasar a la zona de recogida de equipajes, donde lo más curioso era la cantidad de melones que facturaban los uzbekos. Rara era la persona que no acarreaba un par de melones enormes, de más de diez kilos cada uno. Pensé en aquel momento que en la capital habría problemas de abastecimiento, pero cuando visitamos uno de sus mercados pudimos comprobar que no, que por todas partes había montañas de melones a la venta. Misterio… 

En la zona de llegadas nos esperaba Bazrom, el que iba a ser nuestro guía local durante los nueve o diez días que permaneceríamos en el país. Un hombre guapísimo, rubio, tez morena, ojos verdes, y con novias en cada oasis, según pudimos comprobar a lo largo del recorrido. Hablaba un buen inglés, además de ruso, uzbeko y algún otro idioma. Por cierto, para que recordáramos su nombre él mismo nos dio una regla nemotécnica: sonaba muy parecido a bathroom, el cuarto de baño. 

Nos subimos al autobús privado que nos esperaba, y nos llevaron directamente al Grand Orzu, un hotelito bastante agradable, ubicado en una zona residencial, no muy céntrica pero sí tranquila, cerca de un parque y con varios restaurantes y bares alrededor. Cuando Marc nos asignó las habitaciones, la bola negra le cayó a un maestro catalán, al que llamaré Jordi. Como todos los viajeros íbamos emparejados menos Sostoa y él, y las habitaciones eran dobles, les tocó compartir. Aunque Jordi era un pedazo de pan, y tenía más paciencia que Job, por sus quejas en los desayunos debió ser un calvario. Una noche sí y otra también Sostoa llegaba a las tantas, borracho, encendiendo las luces y dando voces, para luego caer como un fardo sobre la cama y pasarse la noche roncando en tres dimensiones.

Una vez deshechos los equipajes, duchados y un poco repuestos del cansancio del viaje, nos juntamos para desayunar en el patio del hotel, bajo un emparrado junto a la piscina. Surgió allí el asunto del cambio de divisas. En Uzbekistán la moneda oficial es el sum, que cotizaba entonces a algo más de 2.000 por un dólar, ya que el euro tenía poca aceptación. Marc nos aconsejó que cambiáramos unos cien dólares por persona, porque el nivel de vida no era muy caro, con lo que reunimos casi dos mil dólares. 

Para ir a cambiar, Marc y Bazrom pidieron que les acompañara algún miembro del grupo, me imagino que por si alguien no se fiaba. Y lógicamente, me ofrecí voluntario. Me apetecía mucho más empezar a adentrarme en la vida del país que instalarme en la piscina a tomar el sol. Salimos los tres a la calle, y le hicimos una seña al primer coche que pasó, un Lada Mocka sin ningún tipo de distintivo ni taxímetro. Breve regateo entre Bazrom y el conductor, y nos subimos. Así aprendí que en Uzbekistán es muy habitual que cualquier coche privado actúe como taxi informal, sobre todo si lo para un extranjero a la puerta de un hotel. 

Tashkent es una ciudad grande, con más de dos millones de habitantes, y muy extensa, pero las grandes avenidas construidas en la época de la URSS y la escasez de vehículos privados nos permitieron llegar en menos de diez minutos al Hotel Uzbekistán. Una auténtica reliquia de la era soviética, inmenso, con cientos de habitaciones y varios salones de celebraciones. En un rincón del vestíbulo, una ventanilla rotulada en ruso indicaba que allí se cambiaban divisas. Cuando le entregamos los dos mil dólares a la cajera, una matrioshka auténtica, con un cardado que habría sido la envidia de Marge Simpson y sus hermanas, examinó los billetes detenidamente uno por uno, puso una báscula sobre el mostrador y empezó a pesar paquetes de billetes de 1.000 sum, apilándolos unos sobre otros. Resulta que el billete más grande disponible equivalía a unos 50 centimos de euro, con lo que para juntar cuatro millones de sum nos tuvo que entregar más o menos 4.000 billetes. Y sin máquina de contar, evidentemente lo más rápido era pesar los paquetes precontados que iba sacando de un cajón. Total, si se equivocaba en un billete o dos tampoco era para tanto. 

Cuando llegamos al hotel, donde mis compañeros ya se habían lanzado a beber Baltika 3, una cerveza rusa bastante floja de alcohol, los reunimos en torno a una mesa y abrimos la mochila. Casi una hora nos tiramos contando billetes hasta que conseguimos repartirlos equitativamente. Aprendimos pronto a agrupar de veinte en veinte los billetes de 1.000 sum, de forma que cada fajo representara unos diez dólares. Cada vez que pagaba algo me sentía un potentado. Y las propinas de todo el grupo podían representar un buen fajo de billetes.


Al finalizar el reparto, repuestos de los vuelos y la noche sin dormir, bien desayunados y con dinero, era el momento de salir a conocer la ciudad. Calculo que no sería más de las diez de la mañana, por todo lo que nos dio tiempo a hacer antes de comer. El único que se quedó en el hotel, bien apalancado en la barra del bar, fue Sostoa. Estaba muy entretenido haciendo una cata de vodkas. 

Aunque la ciudad ya aparece mencionada en documentos de siglo III de nuestra era, todavía transcurrirían muchos siglos hasta que alcanzara cierta importancia política. Después de pasar por manos de los sasánidas, de las hordas de Ghengis Khan y del Gran Tamerlán, tuvieron que llegar los ingleses a la India y comenzar a expandir hacia el noroeste su imperio asiático para que el zar Nicolás I, a mitades del siglo XIX, tomara la ciudad y estableciera aquí el Gobierno General del Turquestán. Y del poder de los zares, directamente al poder de los soviets.

No esperábamos encontrar grandes monumentos medievales, sabiendo que muchos habían sido destruidos en la Revolución de Octubre y otros en el terremoto de 1966. 

Empezamos por el complejo Khast Imam, erigido a partir del siglo XVI para albergar el mausoleo de un líder sufí, y donde se concentran los escasos vestigios anteriores a la llegada de los rusos, como la Medersa o Madraza Barakhan y la Mezquita del Viernes. En otras ciudades a lo largo del viaje encontramos edificios de la misma época y mucho mayor interés, pero este primer contacto con la arquitectura turcomana me dejó impresionado. La sencillez de líneas, la decoración geométrica a base de ladrillos y azulejos, y sobre todo las cúpulas en forma de cebolla, recubiertas de azulejos turquesa que brillaban al sol, me parecieron el colmo del buen gusto. Allí nos explicó Marc que el color turquesa no viene de la piedra preciosa, sino precisamente de estos azulejos azules, turqueses por ser fabricados en lo que entonces se consideraba Turquía. Que por cierto, no coincidía en nada con la actual.
 
El pasado reciente de Uzbekistán como parte de la URSS ha marcado profundamente su cultura, su economía y su modo de vida. No es solo el uso muy extendido del ruso como lengua franca, o la presencia de una importante minoría étnicamente rusa, sino detalles como que el analfabetismo afecta a menos del 1% de la población, o que la totalidad de los edificios religiosos antiguos está en manos del estado. Aunque todo esto se está perdiendo, cuando estuve allí todavía se podía visitar cualquier madraza o mezquita sin ninguna restricción de horario o de vestimenta, más allá de las que marcaba el sentido común. Nada que ver con Irán, como os contaré más adelante. Esperemos que las cosas se mantengan así, y que la creciente islamización de la sociedad no se cargue estos avances, ni otros tan importantes como la igualdad de la mujer o la aconfesionalidad del estado. 

Sabiendo esto, se entiende que el patio y las celdas de la madraza estuvieran ocupadas por más de veinte artesanos, que trabajaban y vendían sus productos allí mismo, en un entorno muy apropiado. Y de paso, pagaban un alquiler al estado, que lo utilizaba para el mantenimiento del complejo. Alfombras, tapices, joyas, tallas en madera y cerámica constituían un buen muestrario para los compradores compulsivos. 

Lástima que no se nos permitiera admirar un pelo auténtico del profeta Mahoma que por lo visto se conserva en su interior, pero lo que sí que vimos, en una sala muy protegida y perfectamente acondicionada, fue el Corán del califa Uthman, del siglo VII, que según decía una placa es el más antiguo que se conserva en todo el mundo. Y puede ser cierto, ya que fue durante el reinado de este califa, una vez fallecido Mahoma, cuando se empezaron a sistematizar sus revelaciones, agrupadas en las mismas 114 azoras que en los coranes actuales. Parece ser que conserva manchas de sangre del propio califa. 

Junto a los edificios antiguos se elevaba una enorme mezquita, recién construida por el presidente Islam Karimov, con columnas de sándalo y dos cúpulas simétricas, forradas por fuera con los tradicionales azulejos turquesa y por dentro con pan de oro. 

Este presidente Karimov, que lleva ya más de veinte años en el poder, merece unas palabritas. Aunque en 1991 ganó por amplio margen las primeras elecciones tras la independencia de la URSS, su único objetivo desde entonces ha sido perpetuarse en el poder. Saltándose la limitación constitucional, ha seguido presentándose y ganando las elecciones por márgenes cada vez mayores, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que ha practicado la tortura sistemática contra opositores, periodistas y líderes religiosos, que controla con mano de hierro al poder judicial, y que en el parlamento, que se reúne solo unos pocos días al año, no hay oposición. Y la Unión Europea, como de costumbre, mirando para otro lado. Con la excusa de que es un gran aliado en la lucha contra el islamismo radical, se siguen firmando acuerdos para explotar sus grandes reservas de gas natural. Poderoso caballero es Don Dinero… 

Desde allí nos dirigimos al centro de la ciudad, a comer en un enorme restaurante justo al lado de la torre de televisión. La comida fue una auténtica inmersión en la cultura uzbeka, en todos los aspectos. Para empezar, el local, que si por fuera era anodino, con ese horroroso utilitarismo soviético, por dentro derrochaba imaginación. La enorme sala central, decorada con banderas uzbekas, gigantescos candelabros, ramos de flores artificiales y muchos metros de gasa, parecía una tarta de boda. La música tradicional uzbeka sonaba ininterrumpidamente por los altavoces, y varios cientos de personas comían en torno a grandes mesas familiares. El menú no era muy extenso, con mezcla de platos rusos como la sopa solyanka o la ensalada de remolachas vinigriet con lo que creímos que eran auténticos platos uzbekos, como los pinchos de cordero shasliki o el arroz pilav, aderezado con taquitos de grasa de cordero. Los mismos platos que nos persiguieron luego en todo el recorrido por Turkmenistán, Irán, Armenia y Turquía. El personal de servicio era lento y desorganizado, pero sin llegar a los niveles de ineficacia o burocratismo que yo había sufrido en Berlín Oriental, en los cafés de Alexander Platz, en aquellos lejanos tiempos en que el  Muro no era un objeto de arte urbano y en que el cruce de la zona occidental a la oriental por Checkpoint Charlie te ponía los pelos un tanto de punta. 

Lo mejor, la bebida. Nada menos que seis tipos de cerveza: Sarbast original, Sarbast extra, Azia Pilsner, Baltika 3 (tipo Pilsen), Baltika 9 (ale) y hasta Baltika "0", sin alcohol, que estaba en la carta pero que no vi consumir a nadie. Pero lo que bebían los uzbekos para acompañar la comida era vodka. Vodka del tiempo, sin hielo ni zumo de lima, a palo seco. Y en grandes cantidades, según se podía deducir de las abundantísimas botellas vacías que adornaban todas las mesas, y de los andares de los que se marchaban del restaurante una vez terminaban de comer. Allí comprendí el verdadero alcance de la expresión “beber como cosacos”.

Una de las cosas que más llamaba la atención era la diversidad étnica, producto por un lado de muchos siglos de invasiones, pero también de la política de mezcla racial iniciada por los zares y aplicada luego entusiásticamente por Stalin y sus sucesores. Para reducir al mínimo las tensiones nacionalistas Stalin utilizó dos armas. La más conocida es la de la represión, desde la condena a muerte o al destierro a Siberia de los posibles líderes independentistas hasta el desplazamiento forzado de grupos étnicos completos de una zona a otra de la Unión Soviética. Esto lo pueden contar los alemanes del Volga, los tártaros de Crimea y los chechenos e ingusetios del Cáucaso, entre otros. 

La otra arma, menos cruel pero creo que más efectiva, era el traslado forzoso de funcionarios y militares de una punta a otra del país, para alejarlos de sus orígenes étnicos.  Y todo obra del mismo Stalin, nacido en Georgia y deportado a Siberia en su juventud, que escribió en Viena “El marxismo y la cuestión nacional” y que después de la revolución fue nombrado Comisario del Pueblo para Asuntos Nacionales. 

Volviendo a la diversidad racial, entre los comensales había desde rusos occidentales, con aspecto eslavo o incluso latino, hasta tayikos y uigures con los ojos muy rasgados, que casi podían pasar por chinos si no fuera por su tez morena y arrugada, que los acercaba más a los tibetanos. Pero la mayoría eran claramente uzbekos, o al menos de las repúblicas cercanas, como kazajos o turcomanos. En general, y lógicamente en mi opinión, los y las uzbekas son de una belleza muy por encima de la media europea. Altos, fuertes y esbeltos, con la tez morena y el pelo entre rubio y castaño claro, destacan en sus caras unos ojos muy ligeramente rasgados y habitualmente verdes en sus múltiples tonalidades. Claro que hay muchas combinaciones, a cual más atractiva, como el pelo negro con ojos azules, o incluso de un color amarillo espectacular. 

Al atardecer todos los integrantes del grupo nos dirigimos al Parque Bobur, donde según nuestro guía podíamos disfrutar de una buena cena a un precio muy asequible, en cualquiera de los restaurantes populares que se repartían por el parque. Llegamos así al Kolosok, una versión tipo merendero del restaurante del mediodía: Mismo menú, misma música, misma clientela, pero al aire libre. Como no soy de costumbres gregarias ni me apetecía repetir pincho de cordero, cuatro de los integrantes del grupo decidimos separarnos de nuestros compañeros de viaje y retroceder sobre nuestros pasos, hacia un restaurante con  muy buena pinta justo al lado de nuestro hotel. Y creo que acertamos plenamente. Nos metimos en el Caravan, un local precioso, repleto de antigüedades y artesanía de alto nivel, decorado con muchísimo gusto, y donde pudimos probar especialidades tan exóticas y deliciosas como el norin, una ensalada tibia de caballo con fideos, o morcilla de sangre de caballo. Para beber, como no, cerveza. Y todo por el módico precio de unos seis euros por persona. 

Al terminar la cena María y yo nos retiramos a descansar, pero nuestras compañeras, dos maestras gallegas de unos cuarenta años, a las que llamaremos Maruxa y Carmiña, después de informarse en la recepción del hotel se fueron al Sambala, una discoteca con música en directo y espectáculo de danza del vientre, donde estuvieron bailando hasta altas horas de la madrugada y -según ellas- triunfaron. Por la cara que tenían en el desayuno, me dio la impresión de que le habían pegado al vodka a base de bien.

Y ya vale por hoy. En el próximo capítulo, Samarkanda...

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